El libro azul ha estado en la mesa todo el tiempo. En él se encuentran cosas terribles, pesadillas, gritos desesperados, un pozo completo de infelicidad. El libro azul ha estado en la mesa todo el tiempo, esperando que alguien lo abra.
Ensimismado en la profunda oscuridad escuchaba aquellos murmullos alicaídos que provenían de las paredes. Agonizantes, reticentes, penetraban a mis oídos, pero yo no hacía nada. Tan solo los escuchaba. Tumbado en mi lecho concentraba con toda la furia de mis cinco sentidos escapar de esa realidad apresante. No estoy enajenado, me aseguro, estoy en estado de hibernación.
Ensimismado en la profunda oscuridad escuchaba aquellos murmullos alicaídos que provenían de las paredes. Agonizantes, reticentes, penetraban a mis oídos, pero yo no hacía nada. Tan solo los escuchaba. Tumbado en mi lecho concentraba con toda la furia de mis cinco sentidos escapar de esa realidad apresante. No estoy enajenado, me aseguro, estoy en estado de hibernación.
Suena el teléfono, y me siento como una burbuja que ha soltado a un polluelo al vacío, yo soy el polluelo, la litera el vacío. Suena el teléfono y de mala gana contesto, me lo llevo al oído como una reacción inconsciente, escucho una combinación de sonidos que casi estoy seguro son articulados con los labios pero no distingo exactamente lo que es. Me molesta aquel sonido, es tan desesperante. Para hacerlo desaparecer respondo a un sinfín de interrogaciones con un "Nadie ha llegado". Eso parece calmarle porque calla. Aprovecho para colgar y con toda mi furia lanzo el dispositivo contra la pared donde las desesperantes voces vuelven a musitar. El móvil se rompe en pedazos y eso me satisface, vuelvo a hundirme en el vacío de mi lecho, vuelvo a crear esta burbuja protectora.
Sonidos de helicópteros truenan cerca de mi habitación y las voces de las paredes gritan con más fuerza. Mis ojos se cristalizan, miran al vacío, el único punto donde son capaces de ver. Nadie ha venido todavía. El teléfono destruido suena de nuevo, automáticamente contesta, y soy capaz de escuchar una voz gutural, una amonestación, un reproche y yo no soporto, no me gusta, me enoja, me siento con ganas de explotar.
Estoy aprisionado, no tengo escapatoria. La voz gutural me advierte que ya no me queda tiempo. Los gritos de las paredes se hacen más incandescentes, están por salir de la dimensión que los separa. Y el libro azul aún sigue ahí, cerrado, con pasta dura. Por un momento vacilo y me levanto, aterrado por lo que prontamente podría suceder. La voz del teléfono se hace mayor, los gritos me persiguen. Siento que las partículas de mi cuerpo se desintegran. Ya casi abro la puerta oxidada y enmohecida... pero el libro. ¡No te olvides del libro! Y mis pensamientos, al igual que mis sentidos, al ser capaz de salir de mi celda, del único lugar donde fui capaz de vivir con calma, se extinguen de la faz de la tierra.
Sonidos de helicópteros truenan cerca de mi habitación y las voces de las paredes gritan con más fuerza. Mis ojos se cristalizan, miran al vacío, el único punto donde son capaces de ver. Nadie ha venido todavía. El teléfono destruido suena de nuevo, automáticamente contesta, y soy capaz de escuchar una voz gutural, una amonestación, un reproche y yo no soporto, no me gusta, me enoja, me siento con ganas de explotar.
Estoy aprisionado, no tengo escapatoria. La voz gutural me advierte que ya no me queda tiempo. Los gritos de las paredes se hacen más incandescentes, están por salir de la dimensión que los separa. Y el libro azul aún sigue ahí, cerrado, con pasta dura. Por un momento vacilo y me levanto, aterrado por lo que prontamente podría suceder. La voz del teléfono se hace mayor, los gritos me persiguen. Siento que las partículas de mi cuerpo se desintegran. Ya casi abro la puerta oxidada y enmohecida... pero el libro. ¡No te olvides del libro! Y mis pensamientos, al igual que mis sentidos, al ser capaz de salir de mi celda, del único lugar donde fui capaz de vivir con calma, se extinguen de la faz de la tierra.
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